Existía una raza de pájaros que destacaba por su bello plumaje de brillantes colores. Por la forma perfecta de sus cuerpecillos, grácil y hermosa. Por sus ojos vivarachos y curiosos, que hacían que, aquel que los mirase, inmediatamente recordara los días de su niñez. Y se recordaba de manera hermosa, no con la tristeza del que piensa en lo que tuvo y ya no tiene, sino con una sonrisa involuntaria de esas que mejoran el día a cualquiera. Pero, si algo hacía de estos pájaros un ser único, era la belleza de su canto.
Existía también un hombre, un hombre bueno. Este hombre amaba a los animales, y dedicaba sus días con todo su empeño en rodearse de ellos, en estudiarlos, en prestarle atenciones a los que tenía consigo y luchar por el bienestar de todos los demás. Este buen hombre vivía en el campo, pues así podía acoger a más de sus amados seres. Perros, gatos, caballos, tortugas, peces… todo tipo de animales tenía consigo, a todos los quería y todos recibían más cuidados y más cariño de los que casi cualquier persona recibe a lo largo de su vida.
Un buen día este buen hombre encontró a uno de estos pájaros. Como es normal, conocía de su existencia: había escuchado historias, había leído libros, había visto dibujos sobre ellos… Pero una cosa es lo que te cuentan y otra cosa es lo que ves por ti mismo, y el pobre hombre siempre pensó que eran más un mito que otra cosa, una visión deformada de la realidad para divinizar a unos seres que, seguramente, serían hermosos, pero no tan perfectos. Sin embargo, cuando este hombre escuchó el canto del pájaro, pensó que todo lo que sabía de ellos no hacía justicia a la verdad. Más le parecieron criaturas divinas que de la tierra, regalos de Dios enviados para hacer más llevadero el tránsito de las pobres almas mortales camino de la salvación.
Como todos os habréis imaginado el precioso ejemplar acabó compartiendo espacio con perros, gatos, peces, caballos y tortugas. En una bella y espaciosa jaula, con todo tipo de lujos para pájaros, depositó el hombre a su nuevo plumífero amigo. Le daba de comer lo mejor que podía encontrar, y el agua más pura es la que tenía. Plantitas en la jaula, un pequeño estanque artificial, luz del sol directa pero no excesiva… todo lo que el pájaro pudiera desear. Sin duda se notaba que era el rey de la casa, por encima de todos: perros, gatos, peces, caballos, tortugas… y por encima del hombre, también.
Sin embargo algo no funcionaba bien. El pájaro comía y bebía, y jugaba en su estanque con el agua. Todo parecía indicar que era feliz, pero no cantaba. Ni un solo sonido salió de su pico desde que el hombre bueno cerró la puerta de su jaula. Pero esto no le preocupó: seguramente el pájaro tendría que acostumbrarse a su nueva casa. Parecía dichoso por lo demás, así que pensó que sería cuestión de tiempo.
Tristemente, el pájaro no empezó a cantar de repente, sino que poco a poco su plumaje fue perdiendo brillo. Y ahora el hombre no tenía solo un pájaro que no cantaba, sino que había pasado de ser precioso a ser más bien vulgar. Por suerte, su carácter vivaracho y la expresión de sus ojos seguían como siempre.
Pero el ser humano es como es y, aunque era un hombre bueno, era humano al fin y al cabo. El pájaro dejó de ser el rey de la casa, dejó de estar por encima de todos. El hombre, poco a poco, dejó de prestarle atención, dejó de pensar en él, incluso. Aunque no dejó de prestarle cuidados y cariños, lo hacía más de una manera mecánica que con verdadero interés. Y el pájaro se entristeció por ello.
Un día estaba el hombre limpiando la jaula mientras pensaba en sus cosas. Limpiaba a conciencia, con cuidado, pero lo había hecho tantas veces que no necesitaba pensar en ello. Sin querer, mientras se dedicaba a cambiar el agua del pequeño estanque, empujó al pájaro fuera de la jaula. Cuando reaccionó el pájaro parecía que caería a plomo al suelo, tal era su desidia, pero cuando el golpe era inminente una ráfaga de aire fresco despertó al animalillo de su letargo. Comenzó a cantar, con el corazón aliviado, y a revolotear por la casa. Todos los animales, perros, gatos, caballos, tortugas y hasta los peces interrumpieron lo que estaban haciendo para admirar a la celestial criatura. De los ojos del hombre brotaron lágrimas de alegría: por fin el pájaro volvía a ser el que era. Por fin había aceptado su nuevo hogar.
Ni corto ni perezoso, volvió a convertir al plumífero ser en el rey de la casa. Volvió a ser el centro de sus atenciones, volvió a recibir lo mejor de lo mejor. En definitiva, el pájaro volvió a su jaula. Incluso llegó a gorjear un poco, durante varios días. Pero, inevitablemente, acabó muriendo en su jaula, triste, apagado y gris.
Y el hombre lloró y se lamentó, porque amaba a los animales.


¡Muy bueno! Aunque muy triste.
Y es que a veces no nos damos cuenta que el mayor amor que le podemos ofrecer a cualquier criatura es su propia libertad.